El frío de la noche se viste con esta soledad que se aferra a mis huesos.
Las nostalgias se contemplan en el olvido,
y se disuelven una a una tras los recuerdos que antes eran
pensamientos, del no ser entonces, lo vivido.
Como tormenta que se detiene en la mirada llega el dolor…
Las lágrimas se empañan de sed y sudor;
las ansias retornan con la agónica angustia de una pena
que se descubre a las puertas de la muerte,
vestida para entonces de sombras y malestar.
Nada me basta por ahora.
Se recorren los sentidos al abandono de la esencia
tras iniciarse la batalla con el aire pesado;
que cae como plomo en los pulmones que se asfixian.
Y la muerte reclama aquel suspiro que se esconde para siempre
en la soledad del invierno que yace sin respiro…
casi prohibido,
como la muerte.
¡Ay!, el esqueleto se marcha presuroso abandonando la carne…
Y se viste de distancias que se interponen entre la piel que fue su abrigo.
Se viste de seda y mármol tras su propio llanto haberle quitado,
y arrebatado,
la escarlata apariencia que antes era su brillo.
¡Ay!, que el cuerpo se desvanece cuando le faltan los huesos.
Se torna sin quererlo en montaña y desperdicios…
Alimento de alimañas que se recrean sin extinguirse
hasta que llegue el polvo,
el retazo del tiempo definitivo y escrito.
Ya ves…
El frío de la noche se viste con esta soledad que se aferra a mis huesos.
Y se interpone entre mi mundo y el tuyo, casi como un suspiro…
Pero me tengo que ir entonces…
Sin que aparezca en la mirada aquel resplandor que me grita vivo…
Porque sigo siendo el fantasma que antes era…
Sin una esperanza…
Sin otro castigo.

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